LA LEYENDA DEL REY LOBO

mayo 18, 2018


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Vamos abuela, cuéntamela otra vez.

-¿Otra vez?...siempre quieres escuchar la misma historia.

-Es la mejor historia que cuentas abuela.- Incansable, le rogaba cuando era pequeño que me contara aquella historia que tan bien sabia. Ella armada de paciencia se sentaba frente al fuego de la chimenea y oteando las llamas con una mezcla que jamás conseguía descifrar en sus ancianos ojos relataba una y otra vez sin saltarse un solo paso.

“Cuenta la leyenda, que por estos páramos de denso bosque y penetrante niebla, vive una criatura que cuida de la fauna y la flora. Que no permite que ni un solo furtivo entre en este lugar y salga vivo para llevarse un trozo de vida.


-¿Qué es?-Me adelantaba yo siempre aunque ya conocía la respuesta.

El Rey Lobo, lo llaman. Un hombre, animal de día…hombre de noche que lidera una manada e imparte justicia en este paraje de la tundra más salvaje.
Hace siglos, un malvado Rey llegó a este lugar. Era alto y fuerte, de penetrantes ojos azules y cabello rubio trenzado cuidadosamente, de sus trenzas colgaban conchas y piedras pintadas. Su densa barba le enmarcaba el rostro. En sus ojos pinturas de guerra en forma de zarpa le daban un aspecto aterrador.

 De su caballo, colgaban las cabezas de los enemigos caídos en combate. De su espada, la sangre vertida en combate jamás llegaba a secar, pues jamás dejaba de ser derramada. Llegó aquí para esclavizar a las tribus de este lugar y hacer de los animales, su presa, abrigo y comida. No había un solo rincón del mundo, por donde el Rey Lobo no arrasara con su sed de sangre y conquista. Más cuando atravesó la tundra. Una mujer vestida de blanco se cruzó frente a él.
Nadie más pudo verla, quedó cegado por la luz. Y sin pensarlo un instante bajo del caballo dispuesto a derribarla.

Jamás había visto a una mujer como aquella. Sus cabellos largos de color negro caían por su espalda como una cascada más abajo de la cintura. Su piel brillaba en mitad de la niebla y sus ropajes blancos ondeaban al aire, aunque no corría ni una sola brisa. Parecía estar cubierta de diamantes, pues en su pelo y ropajes algo brillaba de manera etérea y hermosa.

-Aparta de mi camino, mujer. –Dijo llevándose la mano a la empuñadura de la espada.
La mujer de profundos ojos grises lo miró impasible.

-He venido a advertirte.-La voz de aquel ser sonó entre los arboles sin abrir su boca. Revotando entre los troncos de los árboles…fundiéndose con la niebla–Aléjate de este lugar y no vuelvas nunca más. Este es el territorio del Rey Luna.
El Rey Lobo enarcó las cejas. Al girarse, se dio cuenta de que estaba solo en mitad de la nada. Su ejército que le seguía sus espaldas había desaparecido, incluso su caballo ya no estaba…estaban solos el, y aquella misteriosa mujer.

-¿El Rey Luna?.- Sonrió sarcástico. No perdió la compostura. Levantó la barbilla altivo.-Dile a tu Rey que he venido a conquistar su territorio, que no daré vuelta atrás hasta que todo este lugar me pertenezca.

-Mi padre ya te ha avisado Rey Lobo…no toques ni una sola criatura de este lugar…márchate o serás maldecido.

Antes de contestar la mujer había desaparecido y El Rey Lobo se encontraba de nuevo al frente de su ejército que se había detenido al encontrarse el de pie en el suelo.

Cuando aquella noche acamparon pareció que aquel paramo se oscurecía más que ningún otro lugar en el que habían estado. Y el Rey lobo no pudo evitar murmullos a su alrededor provenientes de sus soldados.

-He escuchado que por estos paramos vive una bruja…

-Esto es territorio Sagrado…El Rey Luna gobierna este lugar.

-Si no salimos de aquí…moriremos.
Una y otra vez las voces silenciosas de los que lo rodeaban le golpeaban la sien.

-¡¡Basta!!-Gritó el Rey lobo alzándose frente a una hoguera.-¡¡No hay ningún Rey Luna! Cuantos territorios he conquistado ya!...He matado otros Reyes, incluso reinas…No hay nada en este lugar que nos haga retroceder. Son solo meras leyendas. ¡¡Dejad de murmurar ya, sarta de cobardes!!

Dando media vuelta se adentró en la espesura y caminó solo en las tinieblas maldiciendo. Llegó a un lago, donde la luna, inmensa en la soledad de la noche se reflejaba en el agua. Una enorme esfera de luz que iluminaba aquel lugar fantasmal. El Rey Lobo no tembló, era cierto lo que contaban de el…pocas veces sentía miedo.

-Márchate.-La voz de la mujer volvió a golpearle la espalda. Se sobresaltó, y su fiereza en la guerra le hicieron armarse con una flecha y el arco que siempre llevaba y girarse para enfrentarse de nuevo a ella apuntándola directamente a la cara.

El rostro de aquella mujer se encontraba casi frente a él. Al otro lado de la punta de flecha.

-¿Eres una bruja?

-Soy hija del Rey Luna.- Contestó ella sin abrir sus labios.

-¿Dónde está tu Rey?

-El gobierna este paramo y protege la vida de este lugar.

-No pienso marcharme de estas tierras…y cada aldea…cada ser de este lugar caerá bajo mi dominio.- Su voz sonó altiva en la noche. Sin bajar la flecha miró aquellos ojos grises que le observaban desde la oscuridad sin albergar ni un solo sentimiento.

-No recibirás más avisos…- sentenció ella.

-Tengo un mensaje para tu Rey.-Sin pensarlo levanto el arco y lanzó la flecha en mitad de la noche. Esta silbó en el aire e impactó de pleno en una lechuza blanca que ululaba a lo lejos.
Por primera vez los ojos de la mujer se abrieron de par en par expresando horror.
-¡No!-Gritó a pleno pulmón abriendo sus labios por primera vez.- ¡Que has hecho!

El Rey Lobo no pudo reaccionar. Una luz cegadora se apoderó del lugar. Intentó llevar la mano al carcaj para sacar una flecha dispuesto a defenderse, pero aquella luz era tan intensa que le impidió moverse. Cuando la luz se dispersó y pudo pestañear, ante el un caballero vestido totalmente de blanco y de armadura plateada lo observaba impasible.

-Tú debes de ser…el Rey Luna.-Dijo intentando recuperar la compostura.

-Como osas herir a uno de mis seres. No has hecho caso de los avisos Rey Lobo…este territorio es sagrado.-La voz del Rey Luna sonaba igual que la de la mujer, entre los árboles. Sin despegar los labios. Su armadura, la más brillante que el Rey Lobo había visto jamás refulgía en la noche. Llevaba puesto el casco por eso no podía verle la cara, pero habría apostado que era un ser de belleza mística como aquella mujer que ahora se encontraba detrás de él.

-He venido a conquistar tu paramo…

-Se acabaron tus conquistas...-Le cortó el Rey Luna.-A partir de ahora vivirás aquí en este lugar, y me servirás como una criatura más. Este paramo que has venido a conquistar y sobre el que has derramado sangre…será tu condena para siempre.

Un inmenso dolor emergió desde el fondo de su ser. Como si una mano de hielo le aferrara el corazón desde las entrañas, el Rey Lobo ahogó un grito y se encorvó de dolor llevándose la mano al pecho.

-A partir de hoy, Rey Lobo, serás una animal más…no volverás a matar, si no es para alimentarte, no volverás a maldecir este terreno sagrado. Estos son mis dominios y todo lo que hay en ellos, la vida…la fauna y la flora…Me pertenecen. Pues yo llevo en este lugar desde que el mundo es mundo.
El Rey lobo gritó de dolor y notó como poco a poco su cuerpo se cubría de pelo, sus huesos crujían ensamblándose unos con otros de nuevo, su piel se estiraba y sus uñas se clavaban en la tierra intentando aliviar aquella tortura que lo estaba transformando.

Bajo la mirada del Rey Luna y su hija, el Rey lobo quedaba reducido de hombre a animal. Donde antes estuvo el altivo y déspota Rey, ahora quedaba un Lobo, de pelaje negro y ojos azules.

-Cuidarás de este lugar, hasta que tu deuda conmigo sea saldada por matar a una de mis criaturas. Lo perderás todo oculto en esta tundra oscura hasta que yo, el Rey Luna decida que eres libre para morir.
El lobo lo miró y dejó escapar un aullido en mitad de la noche. El Rey luna desapareció y la mujer le dedico una última mirada, con aquella lechuza muerta en los brazos y se esfumó en una neblina blanca.
Se quedó solo, en las sombras, convertido en un animal con la conciencia de un hombre en su interior.

De día era un Lobo, y de noche su cuerpo volvía a retorcerse de dolor para traer de vuelta al ser humano que había conquistado mil pueblos. Su grandeza y su altivez, habían quedado reducidas a cenizas. El ejercito que lo acompaño a aquel páramo, lo buscó durante días, pero temerosos del lugar y de los lobos que acechaban se marcharon olvidándolo allí.
Nadie le recordaría jamás, nadie contaría historias sobre él. Nadie cantaría canciones, ni crearía leyendas. El Rey Lobo, que tantas batallas había luchado y surgido victorioso ahora solo era una mota de polvo en la inmensidad de aquel profundo bosque.

Como lobo, defendía el lugar del enemigo, el bosque se convirtió en su refugio y amigo. Aprendió a cazar y a leer las huellas. Creó su propio ejército de lobos haciéndose respetar entre ellos.

Aprendió a diferenciar animales con solo escucharlos, y hasta el último pájaro o ardilla de aquel páramo, parecía saber que aquel animal de pelo negro estaba allí para protegerlos. Ningún extraño entraba allí a cazar y salía con vida, ningún animal era herido jamás. El Rey lobo aprendió a gobernar sobre cada planta, árbol o criatura. Era respetado por los seres. Y así el tiempo fue pasando y los días se convirtieron en años…y los años en siglos.

No envejecía jamás, seguía siendo aquel animal de pelaje negro y ojos azules de día y el hombre robusto y fuerte de noche.

De noche se refugiaba en las cuevas del lugar, dormía en las sombras, encendía fuego y se bañaba en los lagos. Era tal la soledad que sentía, que durante las noches, aquel hombre que había sido el mejor de los guerreros, lloraba como un niño pensando en lo que se había convertido.

Era tal su pesar, que Aurora, la hija del Rey Luna se compadeció de él y empezó a visitarle. Primero en su forma de Lobo.

Lo acariciaba y hablaba y ambos se entendían. Aurora era un ser místico, de los que aparecen en los cuentos y las leyendas. La belleza echa mujer que existía quien sabe de qué manera. La hija más pequeña del Rey Luna, antes de ella había dos más, Alba y Solsticio, todas protegían el mundo por orden de su padre, y mantenían el equilibrio de las cosas. Aurora hablaba con los animales, cuidaba de las aguas y los arboles de aquel lugar. Controlaba el roció de la mañana, que no faltara sobre ninguna hoja. Que cada polluelo de ave aprendiese a volar y cada roedor a trepar por los árboles. Podía hablar con el Rey Lobo de animal, le comprendía, le acompañaba. Y así comenzó a visitar de noche, al Rey Lobo hombre.

Se llamaba Daven, consiguió saber. Había conquistado cientos de pueblos y echo arder cientos de aldeas. Pero también había sido niño, había jugado, reído y amado. Aurora aprendió todo de él. Y era tal el respeto que se sentían y la amistad que se había forjado entre ambos que sin darse cuenta el amor nació entre ellos.

El Rey Luna no vio con buenos ojos aquella relación de su hija, aquella desobediencia de visitar a su ser maldito.

-Por favor padre…han pasado casi doscientos años…-Le pidió ella.-Ha saldado su deuda.

-Yo decidiré cuando ha saldado su deuda conmigo…No vuelvas a verle Aurora, te lo prohíbo.- Le dijo el.-Sabes que no tendré compasión de ti si me desobedeces.

Aurora no escuchó, y siguió visitando a Daven noche tras noche. Se encontraban en las sombras y se amaban. Eran confidentes, amigos y amantes. Creían que el mundo jamás los separaría, que el tiempo era suyo aquellas horas que duraba la oscuridad.

Con ella, Daven olvidó el dolor y la pena, ese sufrimiento que le había estado perforando el alma desaparecía para disfrutar del cuerpo de aquella diosa nacida de las estrellas. No había penas, ni tristeza. Con Aurora llegó una época de paz que había creído perdida para siempre. Con ella, aprendió, que un monstruo como el podía ser amado, y que un guerrero que había derramado sangre podía sentir el corazón pleno de felicidad con solo mirarla a los ojos.

Sin embargo, el Rey Luna no perdona ni advierte en balde. Una noche, antes de que Aurora llegara hasta Daven apareció entre ellos.

-Padre…por favor…

-Aurora, te advertí que no volvieses a verle.-Dijo su padre tajante.-Este hombre tiene una deuda conmigo.

Daven, que no había vuelto a ver al Rey luna desde su condena, lo observaba desde las sombras en su forma humana sin mediar palabra.

-Nos queremos padre…-Aurora convirtió sus palabras en una súplica.

-Ahora serás tú la condenada.-Dijo él.

-No!.-Daven no pudo reaccionar a tiempo. El Rey luna levantó la mano hacia su hija, y  la luz que envolvía su piel se fue apagando.

-Ya no volverás a  ser eterna como nosotros.-Dijo.-A partir de ahora, envejecerás y morirás en este mundo y no salvarás a este hombre de su condena jamás. El amor no os salvará de la muerte.-Se giró y miró a Daven.-He condenado a mi propia hija por tu culpa Rey Lobo. Deja que se marche o morirá entre estos árboles como una criatura indefensa.
Desapareció.

Aurora quedó en el suelo, con las rodillas hincadas en la hierba abrasándose a sí misma. Ya no sentía nada místico en su ser, algo se había ido…no escuchaba los animales, no olía igual la hierba, no sentía de la misma manera la escarcha de la noche en su piel. Tenía frío….y hambre. Empezó a llover y por primera vez sintió la lluvia golpear contra su cuerpo. No podía moverse.
Una mano le acarició el hombro y volvió a la realidad.
Sus ojos se cruzaron con los de Daven.

-Tranquila…estoy aquí..-Se abrazaron y el la ayudó a ocultarse en la noche.


-¿Y qué pasó abuela?¿Vivieron felices?¿Ella murió?-Me lancé sobre sus rodillas mientras ella miraba el fuego de una manera extraña. Cansada se giró y me sonrió.

-Al parecer siguen en algún lugar amándose.-Dijo con suavidad.-O eso es lo mejor que podemos creer.

-Pero Aurora seria una mujer muy muy anciana…unos 500 años… ¿No? ¿Saldó el Rey lobo su deuda?

-Creo que es hora de que te vayas a dormir.-Me dijo levantándose del sillón.-Me duele hasta el último hueso del cuerpo. –Se puso las manos sobre los riñones y encorvó su anciano cuerpo haciéndolo crujir de manera extraña.

-¡Vamos abuela!.-No tenía sentido discutir con ella. Me fui a la cama sin pensar mientras ella movía los cacharros buscando una taza decente con la que prepararse té.

En mitad de la noche, un ruido me despertó, un crujido de madera indicaba que alguien se estaba moviendo a altas horas por la casa. La cabaña de la abuela era antigua, pero ella no solía moverse mucho, apenas veía en las sombras.
Me levanté y me asomé por la rendija que me dejaba la puerta entornada. Tenía el corazón acelerado, aunque era bastante valiente…La abuela caminaba despacio haciendo crujir las tablas del suelo, con una linterna pequeña en la mano hacia la puerta, sin mirar atrás salió. ¿La abuela saliendo de noche?, sin pensarlo un momento la seguí aún descalzó.
La abuela recorrió despacio sin mirar atrás el camino que llevaba hasta el bosque en plena noche.

Mis pies se estaban helando, y aquella densa oscuridad iba hacerme estallar el corazón. Escuchaba ruidos de animales y hojas crujir cuidadosamente. Algo se movía en las sombras pero la abuela, delante mía sin saber que yo la seguía no se detenía ni se inmutaba.

Llego al pequeño lago que había en el interior del páramo y se detuvo. Yo me quedé en la oscuridad mirándola con curiosidad.
¿Qué hacia allí parada?....Ella sola….en la oscuridad.

Entonces escuche algo a lo lejos. Me agazapé nervioso. A lo lejos una figura negra surgía de entre los árboles y se introducía en el agua.

Un hombre, con el cuerpo cubierto de tatuajes, barba abundante en su cara y cabello trenzado se dejaba ver a la luz de la luna mirando a mi abuela que estaba en la otra orilla.

Yo notaba que el corazón se me iba a salir del pecho…¿El Rey Lobo?...cuando mi abuela dejó a un lado la linterna y el chal con el que había salido para protegerse del frio y metía sus pies desnudos en el agua.

No podía apenas respirar ante aquella escena, mi abuela avanzaba lentamente 
en la noche, por aquella agua que debía estar helada y de repente empezó a cambiar…a la luz de la luna, el cuerpo de anciana dejó de encorvarse y rejuveneció despacio. Su pelo blanco se tornó negro azabache, ganó altura y delgadez y su piel brilló iluminando el páramo. Cuando llegó hasta el hombre ambos se fundieron en un abrazo y un beso largo.

Allí me quedé yo, solo en las sombras, viendo como mi abuela, era Aurora la hija pequeña del Rey luna, que se reunía como cada noche lo había hecho con su amor el Rey Lobo, durante cientos de años. Jamás se lo conté a mi abuela…de echo al día siguiente ella volvía a ser una anciana encorvada y quejica. Que de noche se escapaba en silencio para ver a Daven, desde quien sabe cuándo vivía allí en esa cabaña, ella sola, sin envejecer del todo, pues su padre había sido benevolente, sin morir…esperando a que Daven al fin saldara su deuda. Habían construido un hogar, habían permanecido solos durante años y habían decidido crear una familia a la que mi abuela crió sola, pues nadie escuchó hablar del abuelo…no había fotos ni recuerdos.

Mientras el abuelo, permanecía maldito durante años oculto en el bosque mitad lobo, mitad hombre. Alimentando una leyenda que la abuela se había ocupado de extender por su familia y amigos en forma de cuento, procurando que el hombre al que había amado más que a nada en el mundo, no fuera olvidado. Aun teniendo un pasado sangriento como hombre, el Rey Lobo era ahora el protector del bosque, y los aldeanos del lugar hablaban de el como un dios que cuidaba la fauna y la flora. Un dios sagrado y respetado, una leyenda que seguía pasando de padres a hijos y de hijos a nietos, y se extendía por el mundo de manera que nadie entraba ya en aquel páramo dispuesto a matar, pues el Rey Lobo, estaba al acecho.

Con el tiempo, todas las piezas que flotaban alrededor de mi abuela como un misterio empezaron a encajar. Ella era un ser místico y especial, nacido en un mundo que ya no conocemos. Que conoció el amor y se entregó a él, quedando atrapada en el cuerpo de una anciana consumida lentamente esperando a su amado. Por fin conseguí descifrar esas miradas perdidas al fuego cuando contaba su propia historia sin yo saberlo, esas veces que se paraba frente a la ventana a ver los pájaros durante horas, esos seres que ya no podía entender y tanto tiempo atrás había cuidado. Esa manera de tocar la corteza de los arboles cuando paseaba y cerraba los ojos como si su esencia penetrase dentro de ella.
Un día, en mi adolescencia cuando llegó el invierno que tenía que pasar con ella, la abuela desapareció sin despedirse de nadie. Ya no quedaba nada de ella en su casa, su ropa estaba en su sitio y la cocina totalmente completa. Nadie había entrado a robar. Simplemente la abuela ya no estaba.

La buscaron durante días, pero jamás apareció. Ni ella ni el lobo negro del que hablaban las leyendas se encontraban ya allí.

La deuda había terminado, y por fin, la abuela que se había consumido esperando, se marchó con su amado, quien sabe dónde. La tristeza se apoderó de mí durante un tiempo en el que seguía yendo a la cabaña por si volvía.

Jamás la volví a ver. Pero sé, que la abuela Aurora y el abuelo El Rey Lobo, siguen juntos por fin en algún lugar, tanto de día como a luz de la luna.
…………….
-¡¡Venga ya abuelo!!.-Mi nieto tiene mi temperamento para los cuentos.-¡¡Me estás diciendo que tu abuelo era el Rey lobo!!
-No lo sé… ¿Te lo estoy diciendo?,.-Ser abuelo no es fácil, hay que hacerse el tonto más veces de las que nos gusta.
-Menuda chorrada de cuento que me acabas de contar.-Dijo, y sin parase a pensar se bajó de la cama y me trajo un tebeo.
-¿Un tebeo?....
-¡Es un comic!.-Se ofendió mientras se tapaba completamente hasta el cuello con la colcha.-Ese me gusta más.
Miré a mi nieto, Daven le habían puesto…que curiosa es la vida. Con su pelo negro como el azabache, su piel blanca y sus ojos azules. La viva imagen de mi abuela Aurora, reí inconsciente y me dispuse a leerle aquella marabunta de dibujos inteligibles.

FIN

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