EL CAFÉ DE LA CALLE BAKERS

marzo 31, 2018


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La cafetería de la calle Bakers, servía el mejor café de la ciudad, o al menos eso decían los periódicos.

Era un local menudo y modesto, decorado con maderas y azulejos de antaño. Llevaba instalado en aquella calle desde 1848, cuando los abuelos Brunilda y Gustavo llegaron a la gran urbe de Nueva York en busca de mejor comida, fortuna y sobre todo médicos. Pues la abuela Brunilda sufría una extraña enfermedad que le hacía toser sangre muy de vez en cuando, y en su país de origen, aquello solo tenía un nombre…maldición.

La abuela Brunilda adoraba el café, y los puros habanos, pero esa es otra historia. El café hacía al hombre interesante y a la mujer dicharachera. Al abuelo Gustavo le gustaba cada centímetro de carne de la abuela Brunilda. Desde que la vió con quince años atusando a unos jóvenes que le habían roto una ventana con la pelota, allá en su tierra natal, se había quedado prendado de ella. Así que cuando Brunilda le dijo. .- A mí, quiero que me construyas un café.- Él se puso manos a la obra y ahorrando sueldos de repartidor, encontró aquel local en la calle Bakers, lo alicató con sus propias manos y con palés de obras le construyó a su amada esposa, su cafetería.
Pepita Blasco llevaba ahora el negocio, en pleno 1955 era la nieta número catorce de Brunilda y la única que cuando su abuela, postrada ya en una cama, estaba a punto de marcharse, para quien sabe que barrio lejano…no se enteró por que apenas tenía 8 años, le prometió, mano en el corazón que su cafetería quedaría a buen recaudo con ella. A Brunilda le dijeron que tenía el mal de la tuberculosis, y que duraría apenas 5 años desde que bajó de aquel barco de inmigrantes con 19 primaveras recién cumplidas. Murió con 97, a ella le gustaba llevar la contraria…incluso a los médicos.

Pepita miró la pared, llena de fotos de su familia, muchos de ellos se dedicaban al negocio de los contables, y otros a la publicidad que tanto se llevaba en aquella época de avance tras la guerra que se lo llevó todo.
El rock and roll plagaba las calles y el café estaba a rebosar más que nunca.
La fama le había llegado hacía poco, pues siempre había sido un lugar discreto y de reunión para lectores y alguna que otra mujer en reunión de vecinas.

Pepita tenía el fuego en la sangre de su abuela Brunilda, nadie le decía lo que tenía que hacer o decir, así que cuando le llegó por parte de un camarero el periódico que decía que su café era el mejor de la ciudad, ella golpeó la mesa con la jarra a rebosar, -¡Y bien que lo sabía ya! Gritó con una mano apoyada en su generosa en la cadera.
El café tenía diez mesas pequeñas, pues cuanto más cerca te tomas el café con compañía más conectan las miradas, regla principal de la abuela Brunilda. En los últimos meses la mesa número diez, que daba a la ventana estaba ocupada por un joven escritor. Libreta en mano, se sentaba, pedía una taza de café americano y escribía sin parar durante dos horas. Sin decir una sola palabra, recogía su pluma, se colocaba su sombrero y agachando la cabeza al pasar al lado de Pepita salía del local.
Así día tras día. Aquella mañana de otoño, el joven de la mesa diez estaba absorto en sus pensamientos mirando por la ventana cuando escuchó un fuerte grito.

-¡!Esta negra que hace en la barra!¡.-Un joven engominado y una chica se quedaron mirando a una minúscula veinteañera de color que intentaba disfrutar de un café en silencio. El joven se acercó peligrosamente a ella.-¡Quítate de esta barra, es para…
No llegó a terminar la frase. El cuerpo de Pepita Blasco se coló en mitad de los dos. Sus ojos negros como el azabache se clavaron en el y fueron sus prominentes pechos los que le empujaron hacia atrás.

-Aquí en este café, se sienta quien yo quiero…donde yo quiero.
El joven levantó la barbilla ofendido.

-Es una negra…

-Y yo también lo soy.-Continúo Pepita, cada vez con la voz más imperativa. Su piel era de tono tostado, pero su abuelo Gustavo había sido un hombre de color, eran malos tiempos para esa gente. Pero no en su café, aquello era tierra sagrada. Ella no hacía ningún tipo de distinción de color, sexo o religión. Eso eran paparruchas de blancos envalentonados, nada más. Soltó la jarra de café al lado de la muchacha y se arregló el lazo del pelo. –Fuera de mi casa…

El joven estuvo a punto de contestar, pero una mano intervino en la conversación. El joven de la mesa diez estaba plantado al lado del joven muy cerca de Pepita.

-Abandone el local, por favor, o siéntese a tomar uno de sus deliciosos cafés. Pero le ruego que no moleste más a estas señoritas.
Era alto, aunque algo delgaducho, pensó pepita para sus adentros. De pelo castaño, afeitado impoluto y ojos azules como el cielo de verano. Su voz sonó afable y tranquila, a la vez que imperativa. Sorprendentemente el joven agarró a su compañera de la mano y salió del local no sin antes escupir en el suelo.

-Sera malnaci..-Pepita estuvo a punto de salir tras él, pero el joven de la mesa diez, le agarró suavemente del brazo y cuando sus ojos se cruzaron le negó con la cabeza,

-No merece la pena.

Y como si no hubiese pasado nada, el joven recogió su mesa y se marchó no sin antes bajar la cabeza al pasar al lado de Pepita.

-Será bicho raro…, Ya lo tenía!-Y dando una palmada al aire agarró de nuevo su jarra de café y siguió sirviendo como si nada.
Desde el fondo de la cocina, la madre de Pepita que, aunque mayor seguía visitando el café, le gritó alterada.

-¡¡Con ese temperamento no se te va a acercar ningún hombre mija…!!

-¡Ay ya madre!..¡Con ese cuento!.-Pepita le zarandeó un trapo al viento. Esa era la gran preocupación de Mama Elisa, el matrimonio, pues de cuatro hijas, Pepita seguía siendo soltera, y la soltería …no era buena. Mama Elisa se santiguó varias veces y siguió ordenando platos.

Al día siguiente toda la ciudad sabía lo ocurrido en el café de la calle Bakers, como su dueña una hermosa mujer latina había metido en cintura a dos mamarrachos del tres al cuarto.
Hernando el camarero se reía mientras leía el artículo del periódico donde se hablaba del acontecimiento.

-Jefa es usted una fiera indomable. – Dijo entre carcajadas.- Debería presentarse a presidenta de los Estados Unidos.
Pepita secaba las tazas moviendo el trasero detrás de la barra y sonrió abiertamente.
A lo lejos, en la mesa de la ventana aquel joven escritor se levantó de nuevo y se marchó discretamente.
Cuando Pepita llegaba a la mesa diez para recoger y observaba el café americano intacto, vive dios que se la llevaban los demonios.

-¡Maldita sea! .-Aquel día gritó con fuerza y Hernando uno de sus camareros se sobresaltó a lo lejos, -¡Pero este quien es, que desprecia mi café de semejante manera…

El café de la abuela Brunilda era sagrado, como podía haber una persona sobre aquella ciudad que lo despreciara, si los periódicos decían que era el mejor café del mundo. Pepita se propuso meterse a aquel hombre en el bolsillo, fuese quien fuese. No volvería a despreciar su café. Así que sin mediar palabra, día tras día, ella añadía algo nuevo.

Probó echarle chocolate, cardamomo, canela y vainilla. Probó con gotas de menta, de hierbabuena y un almizcle echo de especias. Lo calentó a diferentes temperaturas, le regaló galletas, bizcocho y fruta de temporada. Pero día tras día aquel hombre enclenque de la mesa diez se iba sin probar su café.

Aquel día, antes de entrar el invierno, cuando se marchó Pepita lo siguió con la mirada en fuego vivo, y una vez hubo cerrado la puerta tras de sí, taconeó meneando sus caderas hasta la mesa y observando la taza intacta se santiguó mirando al techo varias veces y besando con fuerza la punta de sus dedos cada vez que lo hacía.

-¡Pero este mequetrefe quien es! ¡Ay por dios vendito que se lo lleven los demonios ya mismo!

-Es Marcus Jefferson.- Pepita se giró angustiada. La joven de color que aquel día había defendido, seguía volviendo día tras día a disfrutar del café. –Es un periodista famoso, de ese periódico que lee día a día.
Hernando que se encontraba barriendo el local se paró en seco.

-¡¿Marcus Jefferson?!..¿Lo dices enserio?
La joven asintió.

-¡¡Quién diablos es ese tipo!!.-Pepita que seguía con la taza y el paño de limpiar en la mano les miró echa una furia.

-¡Es el que ha escrito todas las criticas buenas sobre este lugar jefa!.- Hernando zarandeaba los brazos todo lo que la escoba le dejaba.
Pepita Blasco, por primera vez en su vida, se quedó sin palabras durante unos minutos. Cuando se recuperó de aquel galimatías volvió a gritar.

-¡¡Pero por que no se toma el café!! .-Y sin pensarlo un momento se quitó el delantal de un arrebato y salió de la cafetería calle abajo directa a la sede de aquel periódico.

Agarró dos autobuses y le pidió a una joven que le llevara un tramo en bicicleta. Cuando llegó a aquel periódico la noche caía y estaban cerrando.

-¡Quiero hablar con Marcus Jefferson!,-Un joven de gafas que cerraba el lugar la miró sorprendido.

-Señora son las nueve y media de la noche,…Marcus ya hace rato que se marchó.

-Necesito saber dónde vive…verá soy amiga de su madre.-Mentir no es malo si buscas un bien común…diría el abuelo Gustavo.
El joven titubeó pero cedió ante la mirada de aquella mujer.

Y así fue como a las diez y cinco minutos de aquella noche de invierno la puerta del apartamento de Marcus Jefferson fue golpeada con un ímpetu arrollador. El joven jamás imaginaria a quien iba a encontrar cuando abrió.
Sus ojos se encontraron y el color se marchó de su cara al verla, para volver en modo de fuego y tambores de guerra en su pecho a punto de explotar.

-Se…señora Blasco…

-¡Señorita! .-Grito ella,.-¡Por que lo hace!.-Le increpó desde la puerta.
El joven la miro extrañado.

-¿Por qué hago qué? ¿Escribir sobre…

-¡¡No!! ¡¡Por qué diablos no se toma el café!!, Usted llega y se sienta. Día tras día…y no se toma ni un sorbo de mi maravilloso café. Paga…se va. Y vuelve otra vez! ¡No lo entiendo! ¡Escribe cosas maravillosas sobre él, sobre mi cafetería…la cafetería de mi abuela!, -Se llevó la mano al pecho ofendida.-¡Sin embargo no toma un maldito sorbo! ¡Por que!.-Los ojos negros de Pepita se llenaron de lágrimas de rabia y pena.
El joven, que creía que le iba a explotar el corazón bajó la vista y titubeo.

-No me gusta el café.-Dijo en un hilo de voz.
Pepita Blasco pestañeo y se quedó muda otra vez.

-¡Lo he intentado todo!...canela…vainilla…más azúcar.

-Lo se…-Dijo tímidamente.

-Pero ¡¡Por que!!

-Porque en ese café de la calle Bakers, sirve café la mujer más hermosa, valiente y temperamental que he visto jamás. Y desde el primer momento que la vi cuando pasé por la ventana me enamoré de ella, de una manera que no sabría describir aun dedicándome a ello.

Sus ojos azules se clavaron en ella. Y en ese instante, tercera vez en aquel día y por culpa de ese hombre Pepita Blasco no supo que decir. Le habían hablado del amor, que llegaba como una tempestad para destartalarlo todo, empezando por su equilibrio. Estaría preparada le había dicho una y otra vez a su abuela Brunilda. Y su abuela reía una y otra vez. Con razón se reía, pensó en aquel momento.
Aquel hombre era un enclenque, alto y de ojos azules, un blanquito más con el que lidiar por derechos y verdades. Pero desde que lo vio en la mesa diez su curiosidad por él se había abierto paso en sus entrañas hasta llegar al corazón. ¿Cómo era posible?

Aquel hombre había escrito maravillas sobre ella, desde las sombras sentado en aquel lugar. Había llevado su cafetería a la cumbre del famoseo y ella ni se había percatado de que día tras día su elegancia, su perfume limpio y fresco y su saber estar le penetraban en el alma.

Tembló con la mano aun en su pecho y la sangre caliente que le corría por las venas la llevó a la locura de reaccionar. Aferró con fuerza aquella corbata a medio hacer y tiró de su cuerpo hasta que sus labios se unieron.

Marcus sintió que el mundo se quebraba bajo sus pies. Y caía en un precipicio con sabor a café y a canela. Que aquellos carnosos labios con los que tanto había soñado le hacían volar hasta el cielo y caer de golpe. Cuando se separaron ambos se miraron sonrientes.

-Creo que tu manera de camelar a mujeres no es la adecuada.-Dijo ella.

-Pues a mí me parece que me ha funcionado.-Le contestó el.
Ella que aún sostenía su corbata le devolvió una sonrisa enorme.

-¿Qué te parece si te invito a un café para conocernos mejor?.-Dijo él.

-Conozco el sitio perfecto…

-¿Podré tomar un batido a partir de ahora?

-Sí, si los conviertes en los mejores de la ciudad.

Él sonrió nervioso y agarrando su chaqueta y su sombrero salieron al frio de la noche agarrados como dos enamorados.

FIN


EPILOGO

Y así fue como Pepita Blasco encontró el amor del que tanto le había hablado su abuela, y por el que tanto había rezado su madre, y el café de la calle Bakers siguió con su alabada fama por muchos años más. En periódicos, publicaciones y revistas. A día de hoy siguen sirviendo el mejor café de manos de una Jefferson...pero eso es otra historia.



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2 comentarios

  1. Me ha encantado, es un relato adorable!!!

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    1. Me alegro mucho!! A Pepita le cogí cariño nada más crearla, tanto como a su abuela Brunilda.

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Muchas Gracias por tus comentarios!!

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